divendres, 28 d’agost de 2015

Obabakoak

En 1988, el escritor guipozcoano Bernardo Atxaga (pseudónimo de José Irazu Garmendia), publica su mayor obra narrativa, Obabakoak, gardonada con numerosos premios desde su aparición, entre los que destaca, en 1989, el Premio Nacional de Literatura (Narrativa) que concede el Ministerio de Cultura. Fue, además, la segunda ocasión en la historia de estos premios en los que se reconoció el talento creativo para una obra en una lengua diferente del español (la primera premiada fue, en 1986, la novela Xa vai o griffón no vento de Alfredo Conde, escrita en gallego). Un gran mérito, además, por lo infrecuente que resultan los premios del Ministerio de Cultura a autores en españoles que utilizan cualquier otra de las lenguas de España.

Obabakoak (en español, "los de Obaba", aunque se ha preferido mantener el título en vasco en sus traducciones que, en el caso de la española, está realizada por el mismo escritor) es una novela formada por distintas novelas cortas, que a su vez están formadas por distintos relatos, teniendo como punto en común todos los textos de esta estructura la ubicación de las historias en un pequeño pueblo (ficticio), Obaba.

Pero más allá del interés literario de esta obra maestra, que claramente lo tiene, el aspecto que quizás más me ha llamado la atención es la reflexión que el autor-narrador ofrece a través del último capítulo de Obabakoak. En el texto titulado "A modo de autobiografía", se presentan unas líneas sobre la literatura vasca (en vasco) y sobre sus problemas: fuerte componente oral y religioso al que se le suma la falta de referentes escritos de prestigio, en comparación con otras tradiciones, hecho que provoca que los escritores contemporáneos deban realizar sus creaciones casi partiendo desde cero, casi inventando una tradición literaria que, paradójicamente, se expresa en una de las lenguas más antiguas del mundo que actualmente sigue hablándose.

Porque un escritor vasco actual, es decir, un escritor que comenzó a escribir en euskara allá por los años setenta, se parece mucho a ese adolescente que figura en la primera viñeta de las sesenta y tres que tiene el tablero [del juego de la Oca] y que, por todo equipaje, sólo lleva un hatillo. [...] Mirábamos nuestro hatillo y allí no encontrábamos más que cinco o diez libros escritos en la lengua en que pretendíamos escribir.
Bernardo Atxaga, Obabakoak, 1988 (2007 en Alfaguara), página 370

dissabte, 8 d’agost de 2015

Confidences à Allah

Existe una gran diferencia entre "fe" y "religión". La primera es la comunicación directa de la persona con Dios; la segunda es una creación humana destinada a la esclavitud. Esta podría ser una síntesis de lo que la escritora marroquí Saphia Azzeddine plantea en su novela Confidences à Allah, publicada en 2008 (traducida al español con el título de Confesiones a Alá).

En este sentido, la vida de Jbara, la protagonista de la novela, está condicionada por ser haram. Pero esta imposición no viene de Dios, viene de los hombres. Por ello, la protagonista, en un deseo de liberarse del pecado, habla con Alá, su único amigo, su único confidente, y en el único en el que confía

Jbara, una joven campesina de la aldea de Tafafilt, pronto descubre lo que significa la palabra haram (pecado). Este término, que viene de la religión (no de la fe), es utilizado por los hombres para reducir la condición de la mujer al servilismo. En definitiva, ser mujer se reduce a ser haram, y por ello están predestinadas a servir al hombre como penitencia por ser portadoras del pecado.

Como creación del hombre, el haram está sujeto a la hipocresía. La consideración de la mujer como haram no es más que la consecuencia de la necesidad de los hombres porque así sea. Catalogadas así por ellos, se aprovechan de la situación. De tal modo, Jbara explota su condición de haram hasta sus últimas consecuencias. Jbara se transforma en Shéhérazade, siendo la prostitución la única posibilidad que tiene para seguir con vida. De este modo se plantea una cuestión central para la interpretación de la novela: ¿quién es más pecador, quien por cuestión de su sexo biológico está predestinada a ser haram y así lo asume o quien condena enérgicamente el haram y se aprovecha de él al mismo tiempo?

A través de un lenguaje violento, osceno y salido de las entrañas, Jbara utiliza la fe, a través de las confesiones que le hace a Alá, como sustento espiritual para oponerse a la religión (a la condena de las mujeres impuesta por los hombres, nunca por Dios), para descubrir que ella, como todas las mujeres, tendrán un sitio en el Paraíso tras su muerte, pues las buenas obras las juzgará solo Dios, y no los hombres y su artimaña para afirmar, a pesar de Dios, de lo que es y lo que no haram.
J'ai une question aussi mais pas pour Toi, Allah, pour les autres, ils se reconnaîtront. Est-ce que si je devenais martyre, j'aurais moi aussi soixante-douze puceaux avec une queue toute neuve au paradis? (Azzedine, Confidences à Allah, 2008, p. 140)