dissabte, 8 d’agost de 2015

Confidences à Allah

Existe una gran diferencia entre "fe" y "religión". La primera es la comunicación directa de la persona con Dios; la segunda es una creación humana destinada a la esclavitud. Esta podría ser una síntesis de lo que la escritora marroquí Saphia Azzeddine plantea en su novela Confidences à Allah, publicada en 2008 (traducida al español con el título de Confesiones a Alá).

En este sentido, la vida de Jbara, la protagonista de la novela, está condicionada por ser haram. Pero esta imposición no viene de Dios, viene de los hombres. Por ello, la protagonista, en un deseo de liberarse del pecado, habla con Alá, su único amigo, su único confidente, y en el único en el que confía

Jbara, una joven campesina de la aldea de Tafafilt, pronto descubre lo que significa la palabra haram (pecado). Este término, que viene de la religión (no de la fe), es utilizado por los hombres para reducir la condición de la mujer al servilismo. En definitiva, ser mujer se reduce a ser haram, y por ello están predestinadas a servir al hombre como penitencia por ser portadoras del pecado.

Como creación del hombre, el haram está sujeto a la hipocresía. La consideración de la mujer como haram no es más que la consecuencia de la necesidad de los hombres porque así sea. Catalogadas así por ellos, se aprovechan de la situación. De tal modo, Jbara explota su condición de haram hasta sus últimas consecuencias. Jbara se transforma en Shéhérazade, siendo la prostitución la única posibilidad que tiene para seguir con vida. De este modo se plantea una cuestión central para la interpretación de la novela: ¿quién es más pecador, quien por cuestión de su sexo biológico está predestinada a ser haram y así lo asume o quien condena enérgicamente el haram y se aprovecha de él al mismo tiempo?

A través de un lenguaje violento, osceno y salido de las entrañas, Jbara utiliza la fe, a través de las confesiones que le hace a Alá, como sustento espiritual para oponerse a la religión (a la condena de las mujeres impuesta por los hombres, nunca por Dios), para descubrir que ella, como todas las mujeres, tendrán un sitio en el Paraíso tras su muerte, pues las buenas obras las juzgará solo Dios, y no los hombres y su artimaña para afirmar, a pesar de Dios, de lo que es y lo que no haram.
J'ai une question aussi mais pas pour Toi, Allah, pour les autres, ils se reconnaîtront. Est-ce que si je devenais martyre, j'aurais moi aussi soixante-douze puceaux avec une queue toute neuve au paradis? (Azzedine, Confidences à Allah, 2008, p. 140)