dilluns, 8 de novembre de 2010

Novela histórica y Quebec: siglo XIX

La historiografía literaria acuña la conquista inglesa del territorio de Nueva Francia (en 1759) como el comienzo del siglo XIX en las letras quebequenses. Este siglo está marcado por un deseo de afirmación nacional respecto de dos pueblos y liderado por la institución católica. Los canadienses (francófonos y católicos) deberán hacer frente, por un lado, al invasor británico (anglófono y protestante) con el objetivo de evitar la contaminación de la moral “pura”; y por otro, deberá distanciarse de Francia debido a que, tras la Revolución de 1789, buscaba las sendas del laicismo.

Tras la Rebelión de los Patriotas (1837-1838) llega el Rapport Durham (1839), texto en el que se analiza la situación social y política en la América del Norte británica que alimentó esta revolución. La polémica estaría servida:
De ninguna manera se puede concebir nacionalidad más desprovista de todo lo que pueda vivificar y educar a un pueblo que la de los descendientes de los franceses en el Bajo Canadá por el hecho de haber preservado su idioma y sus costumbres particulares. Son un pueblo sin historia y sin literatura.
La reacción de los intelectuales francocanadienses no se dio a esperar. De 1837 a 1860 encontramos un deseo de demostrar la inexactitud de la afirmación del Conde de Durham a través de la recuperación de los textos del período de Nueva Francia. François-Xavier Garneau escribirá entre 1845 y 1852 la Histoire du Canada depuis sa découverte jusqu’à nos jours y James Huston recopilará la producción literaria en el Répertoire national ou Récueil de littérature canadienne, publicado en cinco tomos entre 1848 y 1850. Estos dos textos, que recogen los testimonios históricos y literarios desde la llegada de los franceses en 1534 hasta su época, marcan el punto de partida de la literatura del último tercio del siglo XIX.

La literatura producida entre 1860 (con la configuración del “Movimiento de 1860” en la Ciudad de Quebec) y 1895 (con la creación de la “Escuela Literaria de Montreal”) está marcada por el ultracatolicismo del crítico Henri-Raymond Casgrain. Ayudados por la recuperación de los orígenes históricos y literarios de Garneau y Huston, los escritores de este período buscan en sus obras un trasfondo moralizante que ayude a la sociedad a recuperar los viejos valores del catolicismo.

En el siglo XIX francocanadiense, la novela ha suscitado muchos rechazos ya que los textos de imaginación, la invención de personajes y de mundos ficticios, eran inaceptables, haciendo de este género un medio inviable para la recuperación de los orígenes morales de la nación. Por este motivo, tanto novelistas como editores se afanaron en los prefacios por aclarar el objetivo moralizante de sus obras como la ausencia de implicaciones de la ficción.

En este contexto surge la “novela histórica” como medio de recuperación de los valores morales de un pasado que ayuden a forjar la conciencia colectiva del pueblo francocanadiense. Joseph Marmette recurre a la historia para mitificar el pasado nacional gracias a la influencia de la obra de F.-X. Garneau, a través de la que recupera la época de Nueva Francia, las guerras indígenas y la invasión estadounidense en la Guerra anglo-americana de 1812. Su obra Charles et Éva. Roman historique canadien (1866-1867), es la primera novela histórica de la literatura quebequense que sigue la estela marcada por Walter Scott.

No obstante, la primera referencia al término “novela histórica” en las letras francocanadienses la encontramos en L’influence d’un livre. Roman historique (1837) de Philippe-Aubert de Gaspé hijo, obra considerada además como la primera novela francocanadiense moderna, que influirá enormemente en la conciencia social tanto de la última mitad del siglo XIX como del XX.

El sobrenombre de “novela histórica” sería conveniente no tomarlo en un sentido estricto, ya que en principio no cumpliría con los requisitos de este subgénero. Fue de hecho la censura ejercida por Casgrain la que, en la edición de 1864, se encargará de modificar el título (Le chercheur de trésors ou L’influence d’un livre), borrando las referencias a su consideración como “novela histórica”.

Resultaría interesante intentar analizar la ficcionalidad y la historicidad en el relato de Rose Latulipe (historia de una muchacha tomada por el diablo por bailar en miércoles de ceniza), ubicado en el quinto episodio de L’influence d’un livre. La inclusión en el texto de este capítulo (cuya autoría la crítica atribuye a Gaspé padre) se lleva a cabo mediante un doble proceso de mise-en-abyme. Ya en la introducción del episodio, al final del capítulo cuarto, se nos da a conocer el juego establecido entre “ficción” y “realidad”. Por un lado, los presentes en la escena piden al padre Ducros que les cuente una “leyenda” (ficción). Sin embargo, el propio clérigo presentará el relato con la siguiente frase: “−Ya que queréis, os contaré la historia tal y como me la ha contado un anciano muy respetable.” Por un lado, se juega con el término “historia”, que en francés (“histoire”), al igual que en castellano, hace referencia tanto a un hecho objetivo del pasado como a una invención. Por otro, se nos ofrecen dos grados de autoridad: un sacerdote (que en principio no puede mentir) y un anciano respetable (que, por ser anciano y respetable, tampoco podría falsear los datos). El padre Ducros reproducirá la historia, sin añadir ni quitar elementos, según lo que le han contado.

Parece que en este punto todo se decanta del lado de la “verdad histórica”. No obstante, el capítulo quinto se presenta de la siguiente manera: “L’étranger (Légende canadienne)”. A pesar de la presunta objetividad de la historia que va a contar Ducros, Gaspé asume que se trata de una leyenda y por lo tanto, de ficción.

Si analizamos los elementos que nos pueden indicar la veracidad o no de los hechos de la leyenda, nos topamos en la primera frase con una imprecisión temporal: “Era martes de carnaval del año 17–. Volvía a Montreal después de cinco años de viaje en el noroeste.” Un acontecimiento histórico debe estar bien delimitado en sus dimensiones temporales (el gran noreste) y espaciales (año 1.7XX), hecho que no aparece en el texto.

Además, para mayor distancia en la transmisión de la información, el anciano, reproducido por el padre Ducros, narra la historia que contaba su abuelo (nos encontramos de nuevo con otra mise en abîme): “−Conozco esta historia por mi abuelo, dijo el hombre, y os la voy a contar tal y como él me la contaba a mí.” A pesar de reiterar en esta frase el deseo de fidelidad, el origen de la historia resultaría muy alejado del lector: del abuelo del anciano pasa al anciano, del anciano pasa a Ducros, de Ducros pasa a Gaspé y de Gaspé pasa al lector.

Si analizamos la historia de Rose Latulipe que cuenta el abuelo del anciano, volvemos a encontrar imprecisiones de ubicación: “Antaño había uno llamado Latulipe […].” A esta imprecisión temporal, “antaño”, se añade la falta de referencia espacial en el relato. Estas dos observaciones vuelven a aparecer al final del relato: “Cinco años después, la campana del convento de … anunciaba desde hace dos días que una religiosa […].” Los puntos suspensivos nos enmascaran la ubicación y “antaño+5” no podría ser encasillado en ninguna secuencia temporal.

Este juego entre realidad y ficción, entre reproducción literal de una historia y su transmisión de boca en boca (gracias a la técnica de la mise en abîme), ha pasado sin embargo a la vida cotidiana de los quebequenses como parte de una tradición mitológica de origen europeo que se remonta al siglo IV, a los intentos del emperador Constantino de sumar algunos ritos paganos a las creencias católicas. La historia de Rose Latulipe es recordada cada miércoles de ceniza: de ahí que hasta los años 1960 (época en la que, con la Revolución Tranquila, Quebec se convirtió al laicismo) estuviera prohibido bailar en ese día por ley.

Bien podríamos afirmar, a la vista de los testimonios brevemente comentados, que las materia histórica en la literatura quebequense del último tercio del siglo XIX sirve, en algunos casos, como ayuda a la construcción de la ficción, haciendo de la mitología una fuente de inspiración para reconstruir un pasado nacional. Las concesiones a la ficción están plenamente justificadas en la producción literaria de esta época: más que indagar en el reflejo fidedigno de un pasado para poder comprender el presente, se buscan unos valores antiguos que recuperar para poder defender la fe católica. De este modo, la crítica de la época no denunciaba las inexactitudes históricas existentes en los textos, ni la recurrencia a las creencias populares ni a la mitología amerindia. Lo condenable para una literatura marcada por el catolicismo radical de Casgrain (y de Camille Roy posteriormente) eran las concesiones en el plano moral y didáctico.

Como conclusión se podría marcar una característica de la novela “histórica” quebequense de finales del siglo XIX: la novela histórica puede contener todas las concesiones a la ficción que sean necesarias siempre que tengan como objetivo el de estar al servicio de la fe católica y el de calar de manera más profunda en el lector.